Adiós agosto. Un año más desapareces para dejarle espacio a
septiembre. Parece que está vez has venido cansado, sin ganas de hacer planes y
con alguna obligación que nunca habías tenido. También llegaste nostálgico y
cargado de recuerdos, de esos que cuando cierras los ojos eres capaz de simular
a la perfección. Recuerdos de aquellas
partidas de baloncesto inacabables, de un cuerpo repleto de sal lanzándose al
mar desde un muelle, de las conversaciones hasta las tantas en nuestra puerta
roja y de un amor de cuatro amigas por el mismo chico. Volviste para recordarme
que hay olores difíciles de olvidar, para susurrarme al oído letras de algún
poeta desconocido y para inyectarme en las venas ganas de echar de menos.
Cambiaste mis ganas de fiesta por una buena película en casa (sola, cómo no!),
la playa por días y días en la cama con un frío antifaz azul, amigos por
desconocidos, palabras por silencios. Los lugares que quería visitar, las
playas que tanto necesitaba pisar y todas las aventuras que imaginaba las dejaste
aparcadas a un lado, junto con mi propósito de dejar de fumar a principios de
año.
¡Cómo has cambiado querido agosto! Será que te estás haciendo mayor o que
llegaron a tus oídos que también me empezaba a gustar mucho julio. ¿Será que le
has pedido a septiembre que me sorprenda para comenzar con buen pie la odiosa
rutina? Sea como sea, hoy me despido de ti de una forma diferente a otros años en los
que odiaba que llegara el día 31. Te digo adiós muy feliz y con una fiesta por
todo lo alto.
PD: Vas a tener 11 meses de descanso y de darle vueltas a la cabeza para pensar cómo sorprenderme en nuestro próximo reencuentro. No me defraudes.

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