He estado pensando en los prejuicios. Pequeños bichos que se
pegan a nuestra piel y nos carcomen por dentro y que van de la mano de las
etiquetas. Virus del que aún no se ha encontrado cura. Nacemos con ellos, hasta
podría decir que lo llevamos en el ADN, cual alelo que define el color de ojos
o la forma del pelo.
Todos nos consideramos buenas personas, tolerantes,
abiertos. Estamos convencidos de que aceptamos a todo el mundo sea cual sea su
raza, su religión, su forma de vida o sus pensamientos. Y nos equivocamos,
siempre diferenciaremos a alguna persona por cualquier característica o
comportamiento, aunque muchas veces sea inconscientemente.
Y dentro de todo esto, están las personas que presumen de
ser tolerantes y que, además, piden lo mismo para ellas. Lo que no saben es que
esa tolerancia se convierte en infinitos prejuicios cuando el resto del mundo
no son iguales que ellas, que no comparten su filosofía de vida o que
simplemente son “diferentes”.
¡CLARO QUE TODOS SOMOS DIFERENTES! Pero esto no significa que alguien tenga que primar sobre nadie o tenga que ser
mejor.
Se supone que estamos hechos para amar, amar y aceptar a las
personas tal cual son.
Todas las guerras de la historia, además de por el poder,
han sido por no saber aceptar las diferencias, por intentar imponer creencias o
por querer hacer entrar en razón al otro alegando que su raza o religión es la
mejor. Ahora pensemos, todos los días nosotros tenemos nuestra propia guerra con
el que está a nuestro lado.
Entonces… ¿Cómo
pretendemos conseguir la paz mundial si no conseguimos lidiar en lo cotidiano
evitando esas pequeñas batallas?
Recuerda: “Las etiquetas son para la ropa, no para las
personas”

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