Tú y yo sentados en tu cama. De fondo Vetusta Morla con “Maldita
dulzura”. Esa tarde sonaba diferente, cada palabra empezaba a cobrar sentido
colándose en nuestros corazones y la melodía nos mantenía en silencio. Uno al
lado del otro, mirando hacia el frente con la mirada perdida y rozando nuestras manos. La canción nos
pedía que habláramos pero para nosotros los actos hablan por sí solos. El roce
de las manos paso a ser un fuerte y constante apretón.
“Hablando pasan los días que nos quedan para irnos”… Y justo en ese instante dejas de mirar al frente para mirarme a mí. Noto que me observas e intento seguir manteniendo la mirada en esos rayos de luz que se cuelan por la ventana. Ya no sabía si las lágrimas salían de mi alma o era a causa de la luz cegadora. Y ahí seguías tú, observando mi silencio con esa camiseta de Jim Morrison que tanto me gustaba. Tu habitación, nuestra habitación como escenario. Ese lugar que vio florecer una desbocada pasión que aún no sabemos si se convirtió en amor.
La canción va acabando con ese verso: “Maldita dulzura la nuestra”, y es entonces cuando decido girar mi cabeza dejando que nuestras miradas se cruzaran unos segundos; desee que ese momento durara eternamente.
De mi boca salieron las mágicas palabras: aprovechemos el tiempo que nos queda. Y empezamos bien, sellando aquel momento con el beso más puro de todos los que nos dimos y acabando la tarde contándonos los lunares entre calada y calada.
“Hablando pasan los días que nos quedan para irnos”… Y justo en ese instante dejas de mirar al frente para mirarme a mí. Noto que me observas e intento seguir manteniendo la mirada en esos rayos de luz que se cuelan por la ventana. Ya no sabía si las lágrimas salían de mi alma o era a causa de la luz cegadora. Y ahí seguías tú, observando mi silencio con esa camiseta de Jim Morrison que tanto me gustaba. Tu habitación, nuestra habitación como escenario. Ese lugar que vio florecer una desbocada pasión que aún no sabemos si se convirtió en amor.
La canción va acabando con ese verso: “Maldita dulzura la nuestra”, y es entonces cuando decido girar mi cabeza dejando que nuestras miradas se cruzaran unos segundos; desee que ese momento durara eternamente.
De mi boca salieron las mágicas palabras: aprovechemos el tiempo que nos queda. Y empezamos bien, sellando aquel momento con el beso más puro de todos los que nos dimos y acabando la tarde contándonos los lunares entre calada y calada.

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